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La Coctelera

Soñando en colores: Historias de Barney

Aquí teneis un pequeño diario en el que se arrojarán, al ritmo que me dejen los dos pequeños soles que me iluminan cada dia, reflexiones diarias, anécdotas, comentarios sobre música, cine y ¿cómo no?... vivencias del mundo del corredor.

4 Octubre 2008

Cuando en el cielo comenzó a brillar una estrella nueva

Ante vosotros tenéis un extenso relato, así que aconsejo a todo el que se quiera enfrascar en la aventura de leerlo, que lo posponga para un momento adecuado alejado de las prisas con las que muchas veces visitamos los blogs. Así mismo, además está escrito en un tono muy intimista que invita a buscar un momento de lectura acorde a este tono. Sin duda los que os aventuréis a leerlo conoceréis un gran trocito del protagonista del mismo :)

La lluvia a través del cristal dibujaba el día perfecto. Sentado ante el ordenador, su mirada se perdía mucho más allá del alcance de sus ojos rodeados ya de incipientes arrugas, y así volvía a iniciar el enésimo viaje hacia un mundo oculto y difuso. Esas viejas fotos en blanco y negro... ¡le removían tanto!. Tan sólo uno más de los cientos de días en los que los recuerdos se hacían poderosos dueños de sus sentimientos. Tan sólo un día más de implacable melancolía dedicado a Ella, la que le dio la vida. Eran días en los que, como un cazador, tenía que estar sagaz en la captura de su difícil presa: y es que no es fácil capturar y retener el sabor de un beso dado hace más de 25 años, ni destilar el olor de su piel cuando le abrazaba; Ni era sencillo recordar la sensación de coger sus manos castigadas de tanto trabajo. Realmente era difícil, pero llevaba 26 años haciéndolo y eso era una pequeña ventaja. Con más o menos suerte, como un “cazatesoros” que rastrea los fondos marinos, rastreaba su memoria difusa, oscura, para rescatar de ese fondo abisal alguna “vasija”, algún “cofre”, alguna pieza que le retornara al presente esas sutiles sensaciones.

Hace una semana en un bar, el sabor de aquel pescado frito, “bacalaillas”, le transportó a un tiempo de felicidad sencilla y cotidiana; y le retornó otro tesoro enterrado en esa feliz infancia: el recuerdo de aquellas noches en las que ella en el centro de un sofá invitaba a sentarse a su alrededor a sus tres pequeños. Ella, como una mamá pájaro repetía el mismo ritual: cogía un trozo de pan, lo mojaba en ese aceite de oliva con trozos de tomate natural y acto seguido, unía a esa jugosa molla un trocito de ese pescado tan rico. Y así, por rigurosa rotación, iba introduciendo ese manjar en la boca de cada “pajarillo”. ¡Cuantas sensaciones! ... su sonrisa, sus manos, siempre sus manos y esa sempiterna mirada de bondad.

Un par de semanas antes, también casi sin esperarlo, la “inmersión” sacó a superficie una de las “vasijas” del cofre más amargo. Quizás el recuerdo más duro de toda la vida de nuestra protagonista: por el pasillo de casa, sus pasos de niño asustado ante lo desconocido buscaban cobijo en la voz calma de su padre. “Ven a hablar con mamá”. Tembloroso se acercó el auricular a su rostro pero lo que oyó no penetró sus oídos sino que martilleo su joven corazón con una contundencia que nunca jamás volvería a conocer. Su voz salió débil como un hilo, mitad miedo, mitad esperanza: “¿Ma... má?”. Y la cruda respuesta no se hizo esperar. Una desgarrada voz de mujer destrozada lanzaba sus últimas palabras hacía su hijo: “mi niño, mi niño... ”. Entre llantos y sollozos no pudo decir más, ninguna frase de despedida, sólo dolor en un estado tan puro que es difícil describir. Entonces su padre, con una enorme sonrisa como si no pasara nada, le retiró del teléfono. Un quirófano esperaba en menos de 24h. Era extraordinario el coraje de aquel hombre por mantener la “normalidad”, por mantenerse siempre entero ante los ojos de sus cinco hijos. Así que encontró en la oscuridad de las solitarias noches su aliada más fiel. Durante mucho tiempo, allí buscó cobijo su honda tristeza. Y así fue como las lágrimas de Paco nunca vieron la luz del día, sólo noches... friás y oscuras noches. Malditas noches.

Habían pasado dos días desde aquel doloroso y crucial recuerdo y nuestro protagonista, inmerso en lo cotidiano, en las disputas en el trabajo, seguía aislándose a ratos, rebuscando en el fondo removido de aquel recuerdo. Y así fue como llegó a otro momento vital y amargo: la vez que volvió a ver a su madre. Sabía que le habían operado pero su mente de niño no alcanzaba a detalles, ni siquiera a pensar en lo que se iba a encontrar y quizás porque lo intuía, su alma se bloqueo, simplemente no pensaba nada... aunque eso no evitaba que, sin saberlo, su alma siguiera engullendo sensaciones de una manera inconsciente. “Vamos a ver a mamá”, decía su padre con su natural tranquilidad, a la par que explicaba la situación: “sabéis que le han operado en la cabeza y está sin pelo; ella no puede hablar pero os escucha y siente”... ¡cuanta mentira piadosa para una cirugía masiva y tardía que arrebató a Isabel la capacidad de sentir emociones!....

En la puerta de casa de su abuela, donde estaba su madre, otra vez la misma sensación de inquietud e incertidumbre que en el teléfono... ”¿qué habrá dentro?”, se preguntaba con mucho miedo. La puerta se abrió y su abuela se derrumbó a llorar abrazándose a él. Desde aquel día y durante las dos décadas siguientes, su abuela repetiría incesantemente esa escena, siempre lloraría al verle: En la adolescencia, en la incipiente madurez y cuando ya se convirtió en padre. Siempre el llanto de su abuela al verle, año tras año. Él era el retrato en vida de su madre y así se lo decían continuamente: “te pareces tanto a tu madre”... Para esa anciana ya no habría un solo día sin llanto, sobrevivir a un hijo es un dolor demasiado hondo e injusto... demasiado.

Ahora comprendía el porqué de la naturalidad protectora de su padre. Aquella escena le incomodó sumamente y le puso aún más nervioso porque empezó a comprender que realmente algo no iba bien. Su esperanza se desvaneció del todo en aquel recibidor de su abuela. Su padre consciente del derrumbe interno se apresuró a llevarle por el pasillo. Él, por contra, deseó parar el tiempo hasta la habitación. Que nunca llegará el reencuentro; que el pasillo se hiciera eterno, kilométrico, sin final. Pero no. Ese pasillo a la realidad era demasiado corto.

Nunca olvidó esa primera imagen de una cama de hospital que sustituía a la vieja cama de los abuelos. Y allí estaba... ¿ella?. No podía ser. Esa no era su madre; No era la persona con la que él compartió todo y más. La de los cabellos rubios y dulce sonrisa. La de voz tierna y ojos hinchados de bondad. La que jugaba con él al “gatito perseguidor”... la que contagiaba y emanaba felicidad a todo el que la rodeara. Era demasiado dura esa imagen y finalmente su corazón de niño no aguantó y se rompió para siempre en mil pedazos sin derramar ni una sóla lágrima; Hoy muchos de estos trocitos de dolor continúan encerrados en esa habitación. Anclados en el tiempo inmóvil de esas cuatro paredes testigos de una crueldad infinita. La crueldad de arrebatar prematuramente la vida a gente buena. Isabel tenía 39 años y ya nunca más abrazó a sus hijos. Nunca más paseó su ternura por la vida. Y nunca más amó a nadie. Sólo restaba vegetar durante unos largos y agónicos meses más hasta el día 4 de octubre, el día que cumplió 40 años y murió.

Habían pasado 3 días sin escribir nada sobre su madre. Pero eso no significaba tranquilidad para nuestro protagonista; El enorme tren de los recuerdos seguía avanzando incesantemente, parando sólo lo justo en cada estación para recoger estos “pasajeros” de los últimos días, recuerdos vagos, sensaciones a veces difusas, a veces reales y contundentes. A veces tristemente crueles como la que amaneció hoy pululando en su cabeza: Empezaba Octubre de 1982 y la rutina diaria de los tres pequeños de ir al colegio se vio sustituida por un viaje sorpresa al pueblo de una vieja amiga de la familia; Juani era una muchacha que trabajó, aún adolescente, en casa. Nuestro protagonista se extrañó que un día entre semana faltara a su obligación de niño de 10 años, pero no le dio mayor importancia. Allí, en casa de la excanguro, pasaron 2 días jugando, días muy felices, ajenos a la realidad de lo que sucedía entre esas paredes anteriormente descritas; fueron dos dias extraños, en los que los mimos exagerados de los adultos de aquel pueblo así como esas repentinas sombras que apagaban sus sonrisas al darse la vuelta, no despertaron sospechas en ninguno de los 3 niños. Mientras, aquel perrito recién nacido fue un auténtico entretenimiento para los tres, que llenaban con sus juegos el silencio de este minúsculo pueblo compuesto básicamente de dos calles. así discurrieron aquellos días hasta que su padre volvió a por ellos una tarde. Esa tarde, Paco dio un paseo en coche con su hijo antes de volver a Almería. Un paseo en el que tuvo que enmascarar y disimular su desgarrador dolor una vez más.

Había pasado ya un cuarto de siglo desde aquel día en el coche a solas con su padre, afanándose en capturar este episodio en su ordenador; intentando sobrevivir a las mil sensaciones que llamaban a las puertas del presente agolpándose de manera insistente. Parecía que fuera ayer cuando su padre le decía: “Hijo ya nos vamos”... “Pero papá, ¿qué voy a decir en el colegio?”... era la máxima preocupación para un niño que siempre había mostrado unos inusuales niveles de responsabilidad. Su padre, con su habitual y característica naturalidad respondió: “Te hago un justificante para tu maestra y le cuento todo lo que ha pasado”. En este instante, mientras escribía, recordó su propio e insistente empeño en que su progenitor no contará “la verdad” de lo ocurrido. ¿Cómo le iba a decir a su maestra que había faltado al colegio sin motivo, sólo con el único pretexto de jugar durante dos días?. Su padre no podía hacer eso. “papá no vayas a poner la verdad, di que he estado malo”. El adulto sonrió y en un trozo de folio se lanzó a dibujar los trazos más amargos de todos los que había escrito en todos aquellos largos años de su dilatada profesión en el periódico de la ciudad. Ojalá nunca hubiera escrito esas palabras.

“Pero papá no pongas eso, pon que he estado malo” fue su primera reacción inocente al leer el justificante que rezaba escuetamente lo siguiente: “mi hijo no ha podido asistir a clase estos días porque su madre falleció el día 4 del presente mes”... Las lágrimas que no brotaron entonces de niño en aquel viejo Renault, empañaban ahora su visión de adulto mientras recordaba y escribía frente a la pantalla. Su padre sentenció con dulzura pero acallando cualquier duda: “Hijo, le hemos puesto la verdad... sabías que mamá estaba mala, pasándolo mal y ahora ya está en el cielo, sin sufrir”. En ese momento, su alma se quedó en silencio. Sin dolor, sin llantos desgarradores, sólo calma y un brutal y perturbador silencio.

Aún ahora de adulto se seguía maravillando de lo poderoso que es el mecanismo de negación humano. Una defensa infalible que lo protegió de una experiencia muy dura. Era tal la venda en sus ojos que a pesar de llevar los sueros dos veces en semana a su madre, a pesar de verla allí postrada día tras día, a pesar de no soportar el continuo y martilleante rechinar involuntario de sus dientes, su mente hundía esas imágenes, esos sonidos y olores hacia lo más profundo del subconsciente. Ese mismo subconsciente que ahora reflotaba todo con una claridad diáfana. Pero había una clara diferencia: Ahora ya si estaba preparado para llorar y también para recordar. Y eso hizo... llorar; llorar en silencio mientras no cesaba en su empeño por escribir, su ansia por capturar esas vivencias y hacerlas eternas.

Esa ausencia inicial de llanto por su madre duró hasta hace pocos años, ya de adulto. Y es que aquellos gestos protectores de su padre hicieron que el necesario duelo nunca se produjera y jamás se resolviera. Quizás en su cabeza estuviera patente, durante todos los años posteriores, que su madre había muerto, pero su corazón nunca supo de esa muerte hasta pasada la adolescencia. Por eso nunca fue al cementerio a poner flores. Sólo se lanzó a aquel viaje al campo santo cuando de incipiente adulto se sintió preparado; cuando sintió la necesidad de empezar el largo y doloroso proceso de decir un adios definitivo.

Era un día de mucho calor y allí paseaba por primera vez, entre curioso y con un poco de nerviosismo; Leyendo epitafios, viendo las fotos de los difuntos e imaginando qué historias se esconderían detrás de ellas. Así fue buscando el lugar donde yacían los restos de su madre no sin antes perderse durante varios minutos. Esa búsqueda real, perdido entre filas de lápidas, bien simbolizaba la otra “búsqueda” que llevaba haciendo durante más de una década inconscientemente: la del camino “hacia los brazos de su madre”. Necesitaba cesar esa búsqueda, pasar ese duelo cronificado, despedir a su madre, llorarla por fin, sacar a la luz esos caudales del alma. Y aquello comenzó a suceder allí; por fin frente a ese mármol blanco con esa foto ovalada en la que ella estaba tan guapa y tan natural. Tan llena de... ¿vida?

Esa misma tarde nacieron unos versos como testigos de aquella primera visita. Era la época en la que nuestro protagonista empezaba a descubrir los entresijos de la poesía; y comenzaba a jugar con las palabras a modo de honda catarsis del alma. Y así comenzaba una de sus tempranas poesías:

Madre no te encuentro

Mi grito, ahogado

por los susurros

de los que vivieron

busca tu alma ausente

Madre no te encuentro

Mi flor, envidiada

por las miradas

de los que yacen,

llora entre mis dedos

Madre no te encuentro

mi dolor desesperado

entre paredes de mármol

mis pasos derrotados

no recuerdan el camino

hacia tus brazos

Aquella inauguró la larga lista de sucesivas visitas al cementerio. Fue el comienzo del fin. Cada visita servía para ir vaciando los bolsillos del pesado lastre que arrastraba desde niño. Y así su alma se fue preparando para seguir hacía delante. Porque la explosión de todo aquel dolor enquistado durante años y años debería servir para algo. Algún sentido tendría su temprana orfandad. Quizás esa gran pérdida implicaba no sólo un gran sufrimiento sino también un gran paso hacia delante. Quizás se cernía sobre nuestro protagonista un aprendizaje tal, que sólo la tutora mano del dolor podría hacer posible. Y así fue.

Era Septiembre del 2008, veintisiete años después de despedirse de su madre desde aquel teléfono, nuestro protagonista se afanaba sobre el teclado en terminar su relato cuando dos pequeñas criaturas de 5 y 2 años entraron corriendo en el despacho. “Papale, Papale, ¿qué haces? Vente a jugar con nosotros”. Él sonrió y cogiendo a cada uno con un brazo los sentó sobre sus piernas con la facilidad que daba la costumbre del gesto repetido durante muchos días. “Te quiero papale” dijo el mayor regalando un gran abrazo y casi instantáneamente, la pequeña con su media lengua repetía lo mismo además de un sonoro beso. Su alma reía por dentro con una felicidad indescriptible. “¿sabéis una cosa?”, les dijo a los peques con una sonrisa que brotaba desde lo más profundo del alma. “Ya sé cómo acabar lo que estoy escribiendo”. Cuando miraba a Roberto, con su dulzura, con sus ojitos azules expresivos tan repletos de vida, no podía evitar sentir a su desaparecida madre allí presente. Y ciertamente aquel niño era como un pedacito de cielo caído justo en sus manos. Y es que era habitual oír a la gente que lo conocía decir la frase: “Este niño tiene ángel”. Por supuesto que lo tenía, aunque nuestro protagonista no creía en Dios, si creía en los ángeles. Y por eso explicaba a su hijo mayor dónde estaba la abuelita de esta forma tan simbólica como linda: “La abuelita Isabel es un ángel que vive en el cielo y se encarga de protegernos con su magia. Cuando muere alguien muy bueno y especial, esas personas se convierten en ángeles que casi siempre toman la forma de estrellas en el cielo. Estos ángeles nos visitan casi a diario y nos cuidan aunque no los veamos, por eso tú siempre, desde que eras un bebé hasta hoy, te has despertado todos los días de tu vida con una sonrisa”. Aquel dato era tan curioso como bien cierto; Aquel niño amanecía siempre de la misma manera: con una amplia sonrisa que lo iluminaba todo y que a la vez parecía querer rivalizar con el despertar del Sol. Era como una llamada intensa a vivir cada día y un recordatorio de que cada día era un hermoso regalo para disfrutar y hacer disfrutar a los demás. Y así fue desde que nació.

Se acercaba el día en el que nuestro protagonista debía terminar el relato, era un día especial y sentía una mezcla desigual de profunda paz, tristeza pero también felicidad inmensa. Esta mezcla contradictoria le hacía sentirse maravillado por poder sentir a la vez, sentimientos tan opuestos y tan contradictorios. Pero así es la vida, es una sucesión de opuestos que se tocan; Y en ella vamos saltando de un extremo a otro, a veces en cuestión de segundos: Del amor al odio, de la salud a la enfermedad, de la vida a la muerte... Y así, envuelto en el manto incierto de los opuestos, se lanzó a escribir el último párrafo en un tono epistolar directamente dirigido a una persona.

“Querida madre, aunque no estés físicamente conmigo, nunca me has abandonado porque continuamente te veo todos los días. Quizás esto último parezca o suene a tópico pero nada más lejos de la realidad. Realmente, cuando me miro al espejo reconozco tus ojos en los míos; Cuando trato con la gente, noto incesantemente fluir hacia los demás esa inagotable bondad tan característica tuya; Cuando siento, mi corazón late a tu ritmo y noto aquel sentir tan tuyo que a veces te hacía preocuparte hasta de lo más insignificante; Cuando trabajo, tengo tu sentido de la responsabilidad, ese que te hacía infatigable y que te mantenía activa horas y horas; Cuando me divierto, noto esa capacidad tuya de atrapar los momentos especiales y sentirlos como una fiesta interna. En definitiva, tengo tantas cosas tuyas viviendo en mi, que realmente no me has dejado. Madre, como no puede ser de otra manera, te siento muy cerca mía. así lo siento.

Pero lo más importante es que ahora tengo dos razones más para creer que estás conmigo. Dos pequeños soles alumbran mi despertar cada día. Ocupándose de que el pulso de mi vida se mantenga firme con una fuerza inagotable y extraordinaria. La pequeña Lucia es encantadoramente dulce, despierta y de carácter fuerte aunque muy divertida; y el mayor, Roberto, me recuerda tanto a ti en tantas cosas, que realmente te siento a mi lado en cada despertar. El día en que nació Roberto, comencé a entender parte del único sentido y finalidad que puedo dar a tu muerte. Y ahora que ya lleva 5 años conmigo, se han completado con colores aquellos primeros trazos a lápiz del cuadro que se comenzó a dibujar. Madre, si no te hubieras ido, seguramente yo no amaría de esta manera tan intensa y especial a mis hijos. No quiero decir que otros padres no sientan lo mismo, lo que quiero expresar es que perderte añadió un matiz más, diferente y único, a ese amor de padres. Es como un ciego que recobra la vista, como alguien que aprende a valorar la vida tras sobrevivir a una catástrofe o alguien que vuelve a andar tras haber permanecido inválido durante años. Estas personas, perciben un valor añadido que alguien que no haya tenido esas carencias o esas experiencias, no pueden sentir ni imaginar. Esa es la última gran herencia que me dejaste al irte: una capacidad de amar a mis hijos especial, una sensibilidad única al mirarlos. La gente que haya pasado por esto seguro que me entiende. así que Madre, ahora ya tengo paz; tu recuerdo no me produce dolor sino alegría. Y además, tu vida, tu impronta, tu carácter, tu especial manera de sentir, está con nosotros, más viva que nunca porque ahora no sólo es mi corazón el que late a tu ritmo sino el de tus nietos. Madre, acabo estas líneas pero no me despido. Posiblemente esta noche te veamos, tus nietos y yo, brillar en el cielo. Esa es una manera más que linda de que los niños entiendan ahora tu presencia. Te quiero”.

Terminó de escribir estas palabras camino de la media noche cuando un pequeñín asomó la cabeza: “¿Qué haces despierto?”, le preguntó con una sonrisa medio alumbrada por la pantalla del ordenador. “Es que yo quiero estar contigo papale”, dijo Roberto con su perrito “Monty” abrazado y sus ojitos medio dormidos. “Bueno, me voy contigo pero antes vamos a hacer juntos una cosa.” Dijo sentándolo en sus rodillas frente al teclado. “¿Ves estas fotos de la abuelita Isabel?.... pues vamos a ponerle estas letras que cuentan la historia de cómo se puso malita y se convirtió en un ángel. Mañana es un día especial, su cumpleaños y le vamos a hacer este regalo para que la gente que lea el blog conozca esta historia”... así fue como padre e hijo, fieles reflejos en vida de Isabel, acabaron aquel 4 de Octubre de 2008 el pequeño homenaje a una madre, una abuela y una excelente persona insustituible.

servido por Roberto 27 comentarios compártelo

27 comentarios · Escribe aquí tu comentario

Merchita

Merchita dijo

No sé que decir... Me has emocionado, otra vez. Un besico. :)

4 Octubre 2008 | 06:58 PM

Correora

Correora dijo

Un abrazo fuerte :)

5 Octubre 2008 | 04:58 PM

Barney

Barney dijo

Gracias Merchita y correora! Y a todos los que sé que me habeis leido y que me habeis enviado sms o llamadas. En fin, esa es parte de mi vida y parte de la explicación de porqué soy así. :)

5 Octubre 2008 | 05:10 PM

Paco

Paco dijo

Conforme me voy haciendo mayor sé que por ley de vida ese momento cada vez está más próximo y me provoca angustia, miedo y desamparo. Muy emotivo lo que has escrito Roberto y no me deja indiferente. Seguro que tu MADRE desde el cielo está muy orgullosa de tí.
Aparte de un gran corredor eres una gran persona llena de sensibilidad y ternura.
Un fuerte abrazo.

5 Octubre 2008 | 10:13 PM

Barney

Barney dijo

Gracias Paco!! Lo mejor es vivir cada día como si fuera un regalo y no pararse a tonterias ni perder el norte de lo que son las verdaderas cosas importantes de este viaje. Compartir con gente como tú es una de las cosas importantes.
Un abrazo

5 Octubre 2008 | 10:30 PM

Sonia

Sonia dijo

Bueno creo que ya va siendo hora de que haga acto de presencia en este trocito de tu mundo, en este trocito de tí, "¿me he echo de rogar eh?". Pero como dijo alguien, digo yo que inteligente, más vale tarde...
Mira que me he resistido a leerlo, ya lo sabes, porque iba a terminar como una magdalena, siiiii yoooo, la que parece tan fria e insensible,jajaja.
Y que mejor que hacerlo plasmando éste pequeñito comentario (prometo no estenderme) en esta gran historia, grande porque grande es ese sentimiento: el amor entre padres e hijos, entre una madre y un hijo, entre un padre y un hijo. Aunque debo añadir que hay tambien algo no grande, sino enorme, y es tu amistad, es conocerte, es estar contigo, reir contigo y a veces llorar, que de todo tiene que haber, verdad?.
Te quiero mucho, camines a mi derecha, a mi izquierda, delante o detrás, se que estas ahi, cerca, para cuando lo necesite, ese es otro sentimiento grande: la amistad.
Un besazo.

6 Octubre 2008 | 12:52 AM

Barney

Barney dijo

¡Jo Sonia! ¡Que bonitas cosas me dices!... Gracias por escribirme. Sé que son muchos años ya los que llevamos juntos pero espero que los tripliquemos por lo menos. Te quiero....
Pd.- Aún recuerdo cuando pensaba que eras la "hermana" del mudo de los Hermanos Marx... por lo de habladora.. ya sabes ja ja ja

6 Octubre 2008 | 10:04 AM

Chikitilla

Chikitilla dijo

Acabo de leerte y no tengo palabras para expresar todos los sentimientos que has logrado transmitirme . Eres un "corazón con patas ", Roberto , un pedazo de atleta y mejor persona .

6 Octubre 2008 | 11:15 AM

Barney

Barney dijo

¡ey chikitilla! mujer, que no estoy acostumbrado a tanto piropo ja ja ja
Muchos besos campeona!!!

6 Octubre 2008 | 12:08 PM

sylvie

sylvie dijo

Ays niño, que esto no se le hace a una llorona en potencia como yo!!!

Cuanta ternura, Robertito, en cada palabra, cada frase, cada fotografía incluso...Qué bonitos sentimientos hacia tu mamá y gracias a ella, hoy en día, hacia los tuyos...

Eres una gran persona, con una vitalidad enorme, que tengo ahora más claro de donde te viene...Su muerte te enseñó a apreciar cada minuto de vida y eso es único...y quienes lo saben vivir así, también.

Un abrazo del tamaño de tu corazón, amigo. Besisimos. Tqm♥

6 Octubre 2008 | 06:45 PM

Cristóbal

Cristóbal dijo

Roberto, todos los que te conocemos te queremos y no precisamente por lo rápido que corres, que también sino por lo otro.

Un beso.

6 Octubre 2008 | 08:44 PM

Barney

Barney dijo

Gracias Sylvie y Cristobal!! Es bonito conocer más piezas de los puzzles que somos las personas... Con este relato y otros publicados teneis ya medio puzzle hecho.
Sylvie: En vitalidad tú eres una maestra y un ejemplo a seguir para todos los que te leemos. Muchos besitos amiga mia!!
Cristobal: yo también te quiero... pero me tienes que explicar por qué en las duchas del estadio, el otro dia se te caía tanto la pastilla de jabón y me hacías cogerla ja ja ja

6 Octubre 2008 | 09:54 PM

Luisa

Luisa dijo

Ay, Barney, Barney. ¡Qué penita tan grande!

Lo has descrito con tanta ternura que las lágrimas siguen empapando el teclado.

Decirte que me quedo con la parte positiva, con el final, con que eres un excelente padre, una persona con una capacidad de amar fuera de lo común, un ser humano maravilloso y muy lindo y tan dulce como la sonrisa de tu mamita.

Besitos.

6 Octubre 2008 | 10:14 PM

wild runner llorando emocionado

wild runner llorando emocionado dijo

Roberto, no tengo palabras y lo poco que pueda escribir va a romper la magia de tu relato. Me ha parecido sublime, me ha emocionado y creo que tu madre, allá donde esté, estará muy orgullosa de ti; como persona, como hijo y como padre. Y seguro que también está igual de orgullosa de sus nietos.

Un abrazo enorme.

6 Octubre 2008 | 11:05 PM

Barney

Barney dijo

Bueno Luisa, me alegro de que te haya gustado y que hayas sacado moraleja de que hay que disfrutar cada día como si fuera el último. Trato de ser buen padre y no lo consigo ni de lejos. pero si te puedo asegurar que esta experiencia hace que le des más valor a todo. Muchos Besos para ti y tu peque.
Gracias Pedro.. al final los rockeros duros sois los más débiles con la lágrima ja ja ja Un abrazo

6 Octubre 2008 | 11:35 PM

Elmorea

Elmorea dijo

Abrazos fuertes.

7 Octubre 2008 | 10:56 AM

Cristobal

Cristobal dijo

Joder, me creía que no te habías dado cuenta, pero...

7 Octubre 2008 | 12:40 PM

Barney

Barney dijo

Elmo, abrazos para ti también.
Cristobal, ya no te cojo más el jabón de la ducha. me ha dicho el médico que la almorrana está peor ja ja ja

7 Octubre 2008 | 03:35 PM

Cristobal

Cristobal dijo

No te preocupes, como en las series, los largos y las carreras lo único que te veo es el culo, pues imagina los pensamientos impuros que tengo...Ja,ja,ja

9 Octubre 2008 | 09:32 AM

MAVI

MAVI dijo

Papale........sin palabras. Un besazo

9 Octubre 2008 | 03:17 PM

Barney

Barney dijo

Cristobal, en ese caso no me extraña...con el culo panadero que tengo!!
Mavi... un besazo grande como tú!!

10 Octubre 2008 | 12:08 PM

Pablo

Pablo dijo

Muy emocionante este pedazo de ti que has vertido aquí, escrito con tanta verdad, con tanto corazón. Un abrazo fuerte.

14 Octubre 2008 | 01:59 PM

Barney

Barney dijo

Otro abrazo para ti Pablo.

20 Octubre 2008 | 10:30 AM

Lidia

Lidia dijo

Hola Robertico!! Acabo de leer el relato a tu mama (o como nosotros lo llamamos muchas veces... los famosos macarrones de tu madre), y bueno, que decir... yo lloro con mucha facilidad (eso ya lo sabes) y últimamente más de la cuenta... pero me emociona leer las palabras que dedicas a tu madre. El relato es precioso y me haces recordar la cantidad de cosas maravillosas que hay en esta vida y todo por lo que merece la pena luchar. Gracias por ser como eres Rober.

1 Noviembre 2008 | 10:44 PM

Barney

Barney dijo

¡¡Lidia!!...¡¡Menuda sorpresa me has dado!!
Ya sabes que yo también soy de lágrima fácil... pero cuando uno está rodeado de personitas lindas de corazón como tú, esas "lágrimas fáciles" se convierten en "risas fáciles" y todo tiene sentido. Gracias por todas los momentos divertidos que hemos compartido a diario en todos estos años y gracias por adelantado por los que nos quedan. Lidia, estoy y estaré contigo siempre. un gran beso

2 Noviembre 2008 | 08:04 AM

Maria Isabel

Maria Isabel dijo

Aquí está tu historia Roberto, gracias por darnosla a conocer y abrir tu corazón hacia el futuro y hacia aquellos que deseen comprender a las personas que tienen cerca, es signo de que superaste el pasado, que nunca nos abandona y que nos hace ser lo que somos; dicen que los hijos eligen a los padres antes de nacer, tu ya has descubierto parte de porque los elegiste a Ellos, digo parte, porque aun te queda mucha vida por descubrir y cada vez afianzar más lo que tu Ser ya conoce, pero si lo supiésemos, que chispa tendría la vida...hay un escritor chileno al que "conozco" bien,que realiza actos de "psicomagia"( así se llama su terapia) muy parecidos al camino que tu elegiste para sanar tu Alma, todos queremos salvarnos y siempre la respuesta está en nuestro interior, solo hay que querer. Hacer que las raices de nuestro pasado y ancestros, se nutran de la tierra y crezcan infinitas y coloreadas (esto es tuyo) hacia el cielo.
Gracias de nuevo porque tu bella historia me anima a seguir en mi camino.

30 Agosto 2009 | 01:23 AM

Barney

Barney dijo

Gracias por tus palabras Mª Isabel. Me alegra que esta historia real te haya reafirmado en seguir tu camino y me gusta que te haya removido por dentro. Esa era la intención al hacer público algo tan íntimo: remover sentimientos y provocar reacciones positivas de ganas de vivir. Un besito

31 Agosto 2009 | 12:11 AM

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Soy Roberto, crecí en los 70' a golpe de Beatles, supertramp y pink Floyd. Los 80' fueron de Simon & Garfunkel y en los 90' me cautivaron Silvio Rodriguez, 091, la guitarra de Eric y muchos más que no caben. Enfermero (ATS) y Psicólogo doctorado en Social, adicto a la guitarra y a las zapatillas de Maratón, con las que devoro kms diariamente. Este blog nació sobre todo por esa afición por el deporte rey. Junto a la música y el atletismo, la poesia y el cine son otras dos de mis pasiones. Cernuda, Benedetti y Unamuno son mis poetas favoritos. De cine, hay tantos directores y tantas peliculas que me apasionan que podría llenar cada dia de este blog. :) En fin, este soy yo. Bienvenidos al Blog.
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